viernes, 23 de enero de 2015

Príncipe Rodrigo el Campeador

La fama y la leyenda de este hombre no tienen justificación en su genialidad militar, ni en lo amplio de los territorios conquistados, ni en lo perdurable de su legado. Tampoco en su lealtad, ni en su compromiso con la cristiandad, ni en su capacidad como gobernante. Y sin embargo, El Cid es legendario en España, encarnación del pundonor, la lealtad, la cristiandad, la Reconquista y la forja misma de España, casi nada.


Probablemente nos resulta un arquetipo edificante del triunfo porque fue un señor que triunfó en vida de manera indiscutible y al más genuino estilo hispano: sin señor, entre envidias, trufado de incongruencias y personalistamente. Hay otras maneras de triunfar, posiblemente más lucidas, pero ninguna más atractiva para el personal de estos lares.


Como caballero castellano estuvo peleando en las innumerables luchas intestinas de los nobles godos, costumbre goda esta arraigadísima desde antes incluso de que apareciera el primer godo por los pirineos, el caso es que un noble castellano que sabía de armas, guerras y nobles levantiscos no era algo singular, pero para que a este caballero le apodasen El Campeador-El Batallador hacía falta constancia en el triunfo y largura en el carisma, condiciones esenciales para conformar una mesnada, compañía de gente armada, leal a él, al Campeador, ni a Dios, ni a la patria, ni al Rey, solo a él, a Rodrigo Díaz.

Rodrigo, por su parte no fue leal a reyes, patrias o dioses, rindiendo vasallajes varios a distintos reyes, cristianos o moros y conformando un señorío independiente en el levante peninsular con el título de Príncipe Rodrigo el Campeador, con alianzas variopintas. Es cierto que no encontró ocasión para desairar a Sancho II de Castilla, pero entre su juventud, el aprecio que debía tenerle y su muerte prematura, empezó sus desencuentros con la nobleza castellana en el reinado de su hermano, Alfonso VI.

Castilla y Toledo eran reinos aliados cuando una partida andalusí saqueó tierras sorianas desde el norte de Toledo. El Cid campeador y su mesnada rechazó a los saqueadores y los persiguió más allá de la frontera castellana, por tierras de Toledo. Los nobles toledanos y castellanos contrarios a los reyes y al Cid argumentaron que Alfonso VI no podía defender su propio reino ( por lo que otras taifas no verían justificado pagarle por protección ) y no podía controlar a sus nobles, así que debía dar un ejemplo de fortaleza y justicia: Desterrar al Cid. Y le desterró, a Rodrigo Díaz, a sus leales y a sus guerreros.

Desde entonces El campeador estuvo al servicio de los reyes de Zaragoza hasta que cambió su lealtad y se puso de nuevo al servicio de Alfonso VI con la misión de defender la taifa de Valencia, aliada de Castilla. Se independizó de Castilla primero de hecho, recaudando sin tributar a Alfonso VI y después de derecho cuando Alfonso de desterró de nuevo por desatender sus obligaciones de vasallaje en la defensa de Aledo.

A golpe de destierros, triunfos, cambios de lealtades y alianzas sui géneris, Rodrigo pasó de noble castellano a mercenario y finalmente a Príncipe de Valencia. Invicto en el campo de batalla, jamás traicionado por los suyos y capaz de bailar con los reyes peninsulares, triunfó, rotunda e indiscutiblemente, pero nada le sobrevivió mucho tiempo, excepto una leyenda que apenas tiene que ver con aquel burgalés de determinación acerada.

Leyenda de lealtad porque no traicionó jamás a Sancho II, su rey y su amigo.
Leyenda de pundonor por anteponer su deber militar a Alfonso VI.
Leyenda de cristiandad por su lucha indubitada contra los almorávides.
Leyenda de la Reconquista porque esta se hizo con redaños y el Cid colocó el listón.
Leyenda de la forja de España porque los españoles somos individualistas irredentos y el Cid primus inter pares.

Mito capaz de exigirle un juramento a un rey, mito con un caballo llamado Babieca y dos espadas, Tizona y Colada, que valían por diez, mito capaz de ganar batallas después de muerto...











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